Opinión

Normalización del crimen, una aceptación tácita de cohabitación

Jueves 30 de Marzo 2017, 10:39 am
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Por Víctor Luján

Estamos ciertos que sufrimos en estos momentos una recaída lamentable en materia de seguridad, una retahíla de sangre ha teñido las calles de Chihuahua a lo largo y ancho de la vasta geografía estatal y, con ella, la nostalgia retrospectiva vuelve a merodear en la sociedad añorando mejores tiempos, seguramente los precalderonianos, aquéllos cuando el ejército residía en sus cuarteles y no rondaba las avenidas.

En mi opinión, siempre ha estado latente el retorno de escenarios de luto y tragedias vinculadas al crimen organizado, ya que el esfuerzo para la reconstrucción del tejido social va más allá de “ismos” y caudillos, es holístico y sostenido, no se reinventa cada seis años, empuña la educación y no las balas. Y en eso, el estado mexicano ha fallado durante décadas.

El espejismo de aquella entrañada tranquilidad artificial no requería mayor esfuerzo en el colectivo, las reglas no escritas en el mundo del hampa proporcionaban una “certeza social” para el desarrollo de la vida cotidiana, aunque en lo más profundo de las cloacas delincuenciales fuera cocinándose -y a fuego lento- la mejor venganza de quienes comerciaban con nuestra paz a cambio de protección colectiva: la impunidad y el desprecio por el ser humano.

La desesperanza e impotencia de las personas ante la ineficacia gubernamental en el combate al crimen ha posicionado en el imaginario la conveniencia de retornar a los tiempos de las componendas y concertacesiones en pos de una paz simulada que revierta la violencia y el miedo. Esos resabios que nos han impedido avanzar en la recuperación real del orden y la estabilidad social, esa funesta praxis callejera de la omisión y el desapego por la legalidad que ha contaminado a los más jóvenes, quienes han canjeado el esfuerzo como único medio para la superación personal por el camino del “éxito” cortoplacista e ilegal. 

Ejemplos abundan y no solamente de los delincuentes tradicionales. Ahora, los de corbata y trajes bien confeccionados le han entrado cada vez más a la moda del dinero fácil, una idea exclusiva para “inteligentes” y “astutos” que nunca se nos hubiera ocurrido a los de coeficiente intelectual de media tabla; por esta razón, no es menester de un alto grado de perspicacia para deducir que la normalización del crimen en la actualidad ha desembocado en una aceptación tácita de su existencia, y aún peor, de su cohabitación en el entramado social.    

Esas inercias hacen preocupante sobremanera la tendencia a la insensibilidad ante acontecimientos como los acaecidos en días pasados en la capital. Y no por el de por sí ingrediente político y social que representa acallar la voz de un comunicador, sino por tratarse de una chihuahuense, como cualquiera de nosotros que, con dedicación, esfuerzo y compromiso, salía a conseguir el sustento para su familia, una madre que optó por el camino del trabajo arduo y comprometido como ejemplo para los suyos, sus amados hijos.  

Radicando toda mi vida en esta hermosa ciudad no encuentro otra explicación para esta parálisis y desánimo social que el miedo, la normalización y la resignación de cohabitar con el crimen organizado y sus consecuencias psicosociales; y si a esta tesitura la aderezamos con la incuria de quienes fueron electos para liderar los esfuerzos colectivos mediante el uso de recursos públicos y el monopolio legal de la fuerza, resulta justificada nuestra reticencia hacia las instituciones, incluida a la propia sociedad.

No fueron pocas las voces del gremio periodístico local y nacional que protestaron, sin embargo, la memoria colectiva es efímera, situación cómoda para el gobierno. La subcultura de la impunidad ha traído dividendos a quienes la practican, debilitando las estructuras sociales. Ahora los ciudadanos optan de manera inconsciente por engrosar la piel en lugar de exigir resultados a quienes se postularon y fueron electos para gobernar.    

 

victorlujanlara@hotmail.com

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