Opinión

Libros, libros, libros, 2ª de tres partes

Martes 8 de Agosto 2017, 7:34 am
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Por Luis Villegas Montes 

No era cosa de forzar la suerte pero sí de tentarla, así que me seguí con “Ensayo sobre la ilusión”,1 de Sealtiel Alatriste; ahí, de nuevo, torció la puerca el rabo por tercera vez; malísima. No recuerdo cuándo, pero allá por fines de Semana Santa escribí que “Conjura en la Arcadia”,2 del mismo autor, me llegó de manos de la bienhechora amistad y me había gustado mucho; había ya pedido dos de sus obras, vía electrónica, a Porrúa y me regalaron una tercera; con las tres en la mano resistí la tentación, las guardé hasta ahora y las leí con altibajos emocionales. Me explico, “Ensayo sobre la ilusión”, fuchi; “Quien sepa de amores”,3 legible; “Verdad de amor”4 (ganadora del premio de novela Planeta/Joaquín Mortiz 1994), la mejor de las tres por mucho; entretenida y amena; Alatriste retoma el tono, o mejor dicho, ése es su tono original y no debería salirse de él ni abusar tampoco, lo que sí hace en “Ensayo sobre la ilusión” y “Quien sepa de amores”. En “Verdad de amor” se prefigura su estilo ligero, jocoso, entretenido, ameno, ribeteado por multitud de notas y elucubraciones relativas a la farándula, el periodismo, la literatura y, particularmente, el séptimo arte; trabaja en esta obra con gran acierto, las biografías de Jean Renoir, segundo hijo del famoso pintor impresionista Pierre-Auguste Renoir, y de María Félix, en una melé inteligente, divertida y bien escrita, ¿lo volvería a intentar leer? Sí, sin irme la vida en ello. Conste que la mitad del aplauso se lo lleva porque me encantan los escritores mexicanos que se salen del lugar común de la inmensa mayoría: Escribir sobre México en un raro afán de emular, unos más ramplones que otros, a Juan Rulfo; por eso me gusta Volpi, por ejemplo, por el conocimiento, el desparpajo y la maestría con la que escribe del Mundo y no nada más de nuestra patria. Léase “Memorial del Engaño”5 o “En busca de Klingsor”6 y me dará la razón.

Por razones estrictamente técnicas (la ruta de viaje lo demandaba) empecé dos novelas de manera simultánea; resulta que entre los cinco libros que compré de último minuto estaba un ladrillo de mil páginas, “Tan Poca vida”7 de Hanya Yanagihara, que no cabía en mi otrora portafolios y ahora modesta biblioteca ambulante; total, lo comencé junto con “Rendición”,8 de Ray Loriga, el premio Alfaguara 2017. ¡Oh, Dios mío!, muy cansaditos los dos. A duras penas, acabé el segundo pero el primero no; lo continué leyendo como que de pilón; claro que lo “de pilón” es un decir, pues el pilón, en extensión, equivale a unos cuatro o cinco libros de los otros y en esas sigo, aunque hay mucho qué decir de ese libro. La de Loriga la compre sólo porque, como ya dije, es el premio Alfaguara de este año; y la de Yanagihara, porque es una 2ª. edición, ha vendido más de 500 mil ejemplares, la crítica especializada la celebró como “la mejor novela del año” y como lo he escrito de manera asaz frecuente: “A veces hay que arriesgar”; como arriesgué también con “Recursos inhumanos”,9 de Pierre Lemaitre; “Fábula asiática”,10 de Rodrigo Rey Rosa; y “Así es como se mata”,11 de Mirko Zilahy.

El de Loriga no me gustó; no me gustan las novelas aparentemente “lineales” y que, sin embargo, se leen o se pueden leer entrelíneas, pletóricas de referencias crípticas y recargados simbolismos; la última fue “El Principito” y con ésa tuve; ya bastante me pesa la realidad cotidiana como para, todavía, tener que devanarme los pocos sesos en desentrañar, en un libro sin una precisa referencia histórica o geográfica, los meandros y recovecos del mundo; en mi opinión, el arte debe servir de refugio, no necesariamente manso, pero refugio al fin; y la literatura la concibo como una especie de remedio para los raspones que la vida nos deja; un bálsamo para el alma, un linimento para el espíritu; novela que no forja una lagrimita en el rabillo del ojo (una aunque sea), una sonrisa en la comisura del labio o una idea clara -o un gozo- instalados entre el cerebro y el corazón… al carajo, no sirve. De la obra de marras, dijo el jurado que le otorgó el célebre galardón: “Una historia kafkiana y orwelliana sobre la autoridad y la manipulación colectiva, una parábola de nuestras sociedades”; no, gracias, para realidad kafkiana y orwelliana y manipulaciones las del terruño, ¡ajúa!, y con ésas me quedo (por no decir “me jodo”).

Continuará…

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