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EL AEROPUERTO

No todo lo que se sabe se dice, ni todo lo que se dice conviene. La gobernadora Maru Campos parece haber llevado al terreno mediático una conversación que pertenecía al ámbito de la interlocución entre poderes. Al revelar que ella y Claudia Sheinbaum se reclamaron, se enojaron y elevaron la voz durante su encuentro privado del 19 de septiembre en el aeropuerto de ciudad Juárez, la gobernadora convirtió una diferencia institucional en un episodio de confrontación pública. La revelación no fue menor; ambas habían acordado, según la propia versión de Campos, mantener reservado el contenido de aquella reunión, pero ambas hablaron en público sobre los temas tratados. La mandataria justificó su decisión por los ataques políticos posteriores, pero abrió una interrogante de mayor profundidad. Chihuahua enfrenta desafíos de seguridad que requieren cooperación permanente con la Federación, particularmente por la violencia del crimen organizado y la controversia sobre la participación de agentes estadounidenses en operaciones dentro del territorio nacional. Maru tiene derecho a exigir respaldo federal, cuestionar decisiones y defender sus atribuciones constitucionales. La firmeza política no necesariamente se mide por la intensidad de los reclamos, sino por la capacidad de transformar las diferencias en decisiones, recursos y resultados. En ese terreno, la espectacularidad de una entrevista difícilmente sustituye a la eficacia de una negociación. El trasfondo revela una contradicción política particularmente delicada. La gobernadora reclama la ausencia de comunicación directa con Palacio Nacional, pero simultáneamente hace público un intercambio que, por su naturaleza, exigía confianza entre interlocutores. Es posible interpretar sus declaraciones como un intento de responder a las sospechas de un supuesto acuerdo político relacionado con el caso César Jáuregui; la propia Gobernadora negó la existencia de ese pacto. Sin embargo, la discusión pública corre el riesgo de desplazarse de lo verdaderamente importante la seguridad, las responsabilidades institucionales y el esclarecimiento de los hechos hacia una disputa sobre quién reclamó más fuerte, quién cedió menos y quién salió mejor librada de una reunión que solo las protagonistas presenciaron. La verdadera factura de este episodio no necesariamente llegará mediante una represalia presidencial, sino a través del deterioro de la confianza institucional. Sheinbaum también tiene la responsabilidad de mantener abiertos los canales de cooperación, independientemente de sus diferencias con la gobernadora. Pero el problema de fondo permanece; cuando la política convierte la confidencialidad en herramienta de posicionamiento, cada encuentro futuro puede quedar condicionado por el temor a su divulgación. Maru Campos podrá haber buscado demostrar que no se subordinó a la presidenta, lo cual ciertamente logró. Porque las reuniones entre gobernantes no deberían medirse por los decibeles de sus discusiones, sino por los problemas que consiguen resolver. Y en un estado atravesado por la violencia, la pregunta relevante no es quién levantó más la voz, sino quién está ofreciendo respuestas.