La economía nacional hace agua y, como siempre, los platos rotos los terminan pagando los estados. Hoy Chihuahua se convierte en el vivo ejemplo de cómo las decisiones económicas del centro terminan arrastrando a las entidades locales entre las patas del proyecto político mal planeado de la 4T. El reciente anuncio de la gobernadora Maru Campos sobre un tijeretazo del 30% al gasto operativo del gabinete no es prudencia; es un torniquete de emergencia ante una Federación que simplemente no da una en materia financiera. Como lo informó Pepe Granillo, solo en el primer cuatrimestre de este año hubo mil millones de pesos menos para Chihuahua. De ese tamaño es el boquete. Y mientras el Gobierno Federal insiste en tirar carretadas de dinero público para mantener a flote caprichos inviables como el Tren Maya y lo peor es que continúa inyectando carretadas de dinero público para seguirlas sosteniendo. Las terribles y gravísimas decisiones de la federación han centralizado el recurso, obligando a los gobiernos estatales a sobrevivir como puedan y a rascarse con sus propias uñas. A los chihuahuenses nos aprietan las tuercas en áreas tan sagradas como la salud pública y la infraestructura. Sus ocurrencias nos están llevando por un camino que nos conduce a un vacío de incertidumbre, ¿A dónde va a parar el país en sus manos? Habrá que esperar por la respuesta, pero una idea ya nos vamos haciendo. Pero si mañana falta una medicina o un bache en carretera federal provoca un accidente, el ciudadano debe saber exactamente a dónde voltear a reclamar: no es a la capital del estado, sino al centralismo que prefiere alimentar elefantes blancos antes que garantizar el bienestar de los mexicanos.