Advierte especialista sobre racismo internalizado en México
- Por Editor
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México.- Mónica Moreno Figueroa es profesora de sociología en la Universidad de Cambridge, su segunda casa desde hace más de dos décadas. Recibió una beca de la Academia Británica para investigadores de media carrera (2022-2023) por el proyecto La estructura interna: Opresión internalizada, actitud defensiva y resentimiento. También es integrante del Departamento de Ciencias Sociales del Colegio Downing de Cambridge. También fue profesora en los colegios Goldsmiths y Birkbeck, así como en las universidades de Nottingham y Newcastle, Inglaterra. Trabajó en el Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer en El Colegio de México (2008-2015) y coordinó la sección de Etnicidad, Raza y Pueblos Indígenas de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (2014-2016).
–Tengo 27 años viviendo en Inglaterra, y hace 14 empecé a trabajar en la Universidad de Cambridge; soy profesora de sociología. Me especializo en racismo y estudios feministas en México y América Latina. Soy mexicana, nací en Guadalajara, en 1971. Me fui a hacer una maestría de un año y me quedé porque allá descubrí el mundo de los estudios sobre el racismo, ya que en México no prevalecían.
–Pero aquí siempre se conoció al francés Franz Fanon. Recuerdo que mucha gente joven lo leyó. Vinieron antropólogos como C. Wright Menz y Oscar Lewis. Aguirre Beltrán hizo un trabajo notable.
–Sí, los estudios sobre racismo empiezan a crecer un poco con Martínez Montiel en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y también con Alicia Castellanos en la Universidad Autónoma de México, pero realmente desde hace más o menos 20 años más gente empezó a estudiar la cuestión racial más contemporánea. Yo formo parte de ese grupo.
“Estudié el doctorado en la Universidad de Londres. La maestría, en el Colegio Goldsmiths. Me concentré en el mestizaje. Mi tesis versó sobre la experiencia de las mujeres y el racismo en México, tratando de comprender cómo se viven en la cotidianidad las lógicas del mestizaje, así le llamamos. Hice el trabajo en tres ciudades del país, realicé entrevistas a grupos de mujeres en León, Guanajuato, que es muy católico; en Huajuapan de León, Oaxaca, y aquí en la Ciudad de México.
“Entrevisté aproximadamente a unas 40 mujeres de diversas clases sociales e identidades: maestras rurales, mujeres que trabajaban en oficinas de gobierno; también hablé con curadoras y artistas. Busqué una variedad de experiencias y de ahí armé la propuesta de mi tesis de doctorado. El argumento central es que el racismo, en el año 2000, no era público en México, se pensaba como un problema individual y como una cuestión de actitudes. En ese momento era muy difícil ver la relevancia estructural del problema; o sea, considerarlo un asunto público social que se vive a nivel individual. Lo que ha cambiado en estos 20 años es que hay mucha más conversación pública. Podemos decir que el zapatismo abrió el camino en 1994 y propició la discusión sobre la pertenencia a la nación, el mestizaje, la dificultad que el capitalismo ha traído a los pueblos y a la población en general. La propuesta zapatista fue muy radical, muy anticapitalista; también tiene un cuestionamiento profundo sobre la idea de la nación y quién pertenece a ésta. Desde ahí ya vemos más apertura para hablar del racismo. También se presenta una disyuntiva: ¿se llama discriminación o discriminación racial? Hemos visto la necesidad de diferenciar racismo de discriminación, porque “discriminación” se volvió una forma mucho más políticamente correcta. En términos legales es más fácil hablar de discriminación. Mi argumento es que hay que hablar de racismo, porque ‘discriminación’ suaviza y minimiza la relevancia que tiene el racismo en la vida cotidiana y en la construcción de la sociedad.”
–Es un problema histórico.
–Una de las consecuencias del racismo ha sido que los pueblos indígenas han tenido roles, trabajos, espacios que han sido estigmatizados, así que el trabajo del hogar, por ejemplo, y la mujer indígena, se vuelven casi como una unidad, un estereotipo difícil de eliminar. Cuando Marichuy estuvo en el proceso de campaña política para la Presidencia de México, el racismo en su contra tenía mucho que ver con cómo es posible que una mujer rural, médica, pero sobre todo indígena, quisiera ser Presidenta de este país.
–Aunque Marichuy tuvo grandes defensores y apoyo enorme, como el de Juan Villoro.
–Pero no fue suficiente para que ganara. Hubo toda una campaña que evidenció la respuesta pública a una mujer indígena queriendo hacer ese trabajo. Claro que ha habido un gran grupo de personas que ha apoyado la causa indígena, a los zapatistas. La organización de los pueblos indígenas ha crecido más en términos de participación política, de querer combatir esos estereotipos y, por supuesto, que no desaparezcan sus pueblos ni sus lenguas.
–Pero México sí se ha distinguido muchísimo mediante gente como Gonzalo Aguirre Beltrán, Ricardo Pozas, Rosario Castellanos y muchos más. El zapatismo fue ante todo un movimiento político y social.
–Querían otra revolución, buscaban otra respuesta. Es visible la profunda indignación y la deshumanización que los pueblos indígenas han sufrido. Lo relevante es que en estos 20 años la propia gente indígena cuenta sus historias, porque antes era la población mestiza, intelectuales de las élites, quienes hacían la investigación para luego publicarla. Ahora, la gente indígena y también la gente negra tiene cada vez más espacio en el debate público. El reconocimiento constitucional de 2021 a la población afromexicana ha sido crucial porque, de 1810 hasta 2015, no teníamos en el censo una pregunta que visibilizara a la población negra. Aunque Aguirre Beltrán hubiera hecho ese trabajo, fue hasta que se organizaron los movimientos negros que pidieron que el Instituto Nacional de Estadística y Geografía hiciera ese trabajo. La posibilidad de que la gente negra diga: “queremos representarnos, queremos que se nos reconozca como parte del país”. Tenemos ya más intelectuales negros e indígenas, por ejemplo, Mito Reyes, Yásnaya Aguilar Gil, quien habla del racismo lingüístico y de la justicia lingüística, tomando de base su lengua ayöök, que está resistiendo para no desaparecer. Hace poco, en el Congreso dijo que las lenguas no mueren, las matan. Habla de todos los procesos institucionales que hacen que se abandonen las lenguas, desde los trámites, la falta de intérpretes, que las escuelas obligan al alumnado a hablar español. Tengo una colega indígena zapoteca, Judith Bautista, quien escribe sobre las estrategias de resistencia ante el racismo contra la población indígena, cómo lo viven en su día; habla de la negación, la asimilación, la confrontación, todo lo que tienen que hacer para sobrevivir las personas indígenas en espacios mestizos, porque todo el tiempo los ningunean, atacan, minimizan y les niegan oportunidades.
–También influye el dinero.
–Sí, la situación económica es muy importante. No podemos hablar de racismo sin hablar de clase, de las diferencias económicas, de las posibilidades reales. Al final, hablar de racismo es hablar de la distribución de oportunidades. ¿Quién tiene acceso, quién no? ¿Qué costo tiene el acceso a recursos como escuela, salud, buenas calles, vacunas?
–Entonces, el racismo va más allá de ser grosero con otra persona.
–Exacto, pero ese es el menor de los problemas. Realmente estamos hablando de recursos, de dinero, de oportunidades, de territorio, de justicia. Tenemos que hablar de la idea de superioridad y de inferioridad, y de cómo podemos combatirla.
–¿Cómo?
–Uno de los argumentos que he trabajado recientemente es el de la opresión internalizada, cómo unas personas se creen mejores que otras y cómo se aprende el mestizaje, cómo se aprende la blanquedad (sic). Por ejemplo, aprender español en la escuela y valorar además una cierta forma de hablarlo, un cierto acento muy del centro, muy de la Ciudad de México, se vuelve también un parámetro para distinguir quién es mejor. Entonces, la gente cómo va a querer hablar su lengua indígena o con su acento norteño o con su acento de Yucatán, si hay desprecio. Escribí un artículo que se llama A lo mejor yo soy auto racista, donde discuto las experiencias de hombres y mujeres afros e indígenas de Guerrero. Abordo un análisis de tres lógicas principales: cómo se muestra la internalización de la opresión, qué es la desarticulación, la inmovilización y la distracción.
–¿A qué se refiere con opresión internalizada?
–Te distrae de lo que hay que hacer porque te la pasas probando si eres humano, si eres capaz; como nos pasó a muchas mujeres con la cuestión del sexismo; es similar. La desarticulación te separa de los otros, gente indígena que tiene resentimientos o dificultades con otros pueblos indígenas es parte de la lógica de la opresión. ¿Cómo vas a valorar a otra persona indígena si en tu sociedad lo indígena no se valora? Es la desarticulación, la distracción y la inmovilización. Te sientes tan mal por todo lo negativo que hay alrededor de tu vida, de tu cultura, de tus relaciones, de quién eres, entonces te inmovilizas, dejas de hacer cosas. Sientes que tú no tienes derecho a lo que tienen otros. Es lo que llamo “la cereza en el pastel de la circulación de la opresión”. Es decir, cuando te crees eso, ya el sistema ideológico, que es el racismo o las otras opresiones, funciona muy fácil, porque la gente pierde su poder crítico ante tanta presión y tanto maltrato. Tanto el racismo como el sexismo y el clasismo son formas de opresión que aíslan al individuo, lo hacen sentir que no vale o que no es tan importante que no tiene porqué convivir con otros.
“Todas estas opresiones funcionan dentro de la organización o el colectivo, el racismo, el clasismo, el sexismo, quién puede hablar más, quién se siente parte, cómo se manejan las jerarquías de poder. Pensamos que la gente puede ser muy racional, muy clara y objetiva; al final muchas decisiones se toman a partir de egos, berrinches o enojos; es la dimensión emocional de la opresión que tiene relevancia cuando queremos establecer un acuerdo.”
–¿Cómo se manifiesta “la dimensión emocional de la opresión”? ¿A través del maltrato o de qué?
–Sí, a través del maltrato, del ninguneo. A las mujeres cuántas veces nos han dicho que no podemos trabajar juntas.
–“Mujeres juntas, sólo difuntas.”
–Es una falacia. Te doy un mejor ejemplo de cómo se manifiesta la dimensión emocional de las opresiones: yo doy una clase sobre racismo y enseño una imagen de un linchamiento; eso va a hacer que los alumnos tengan una reacción frente a esa imagen. En una clase normal, uno se sigue hablando y dejas que esa emoción se quede ahí, pero puede hacer que la gente no quiera seguir estudiando, aprendiendo.
“En México, cuando hablamos de racismo, nos hemos dado cuenta de que a la gente le cuesta mucho escuchar porque se vuelve muy incómodo, porque empiezas a hablar de tus relaciones de familia, de a quién dejaste de querer, con quién te forzaron a casarte, cuántas amistades no continuaste porque eran prietos o no eran de la misma clase social. Se vuelve incómodo, porque las historias personales están ahí todo el tiempo. Cuando hablamos de la dimensión emocional, reconocemos que hay un impacto en ti como persona y en nosotros como colectivo cuando hay ese maltrato y esa violencia.
Información tomada de La Jornada.
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