Ha nacido una nueva secta en el PAN chihuahuita. La reciente congregación nocturna de los autodenominados "jaureguistas" estuvo muy lejos de ser una inocente cena de feligreses; fue, en rigor, su primer ritual público de herejía. Al exhibir esta alianza de diputados locales, regidores y funcionarios municipales, la incipiente cofradía lanzó un anatema directo contra la ortodoxia de la mayoría panista y un reto abierto al mismísimo Palacio de Gobierno donde despacha y manda Maru Campos. El mensaje de esta emergente logia es cristalino: presumen el control de unos cuantos votos legislativos, dicen domina parroquias enteras en el cabildo y -según ellos y ellas- poseen la estructura terrenal necesaria para negarse a doblar cualquier decisión, a menos que la decisión sean ellos o ellas. Como todo culto que se respete, los jaureguistas han consagrado a sus propios sumos sacerdotes de la "rebeldía", destacando a los diputados Jorge Soto y Carlos Olson como los grandes profetas de esta insurrección. El caso de Soto es de antología sagrada: en 2021 ya demostró cómo excomulgar la paz del partido al aferrarse en su santa cruzada contra Marco Bonilla, cediendo su fe únicamente cuando el altar oficial le fue atiborrado de ofrendas y posiciones estratégicas. Hoy, predicando el romántico evangelio de los "procesos democráticos" y el libre albedrío de la militancia, la secta reedita su milagro más conocido: amenazan con desatar un apocalipsis interno si alguien intenta imponer candidaturas divinas sin antes pagar el respectivo diezmo en su aduana. Pero ¿qué sería de un culto sin sus devotos guardianes de las sombras? Para darle un toque verdaderamente esotérico a la liturgia, la secta presume en su coro a los regidores Félix Martínez e Issac Díaz. Un par de monaguillos que no precisamente huelen a incienso, pues se encargan de aportar al proyecto unos antecedentes tan negros que harían persignarse a cualquier inquisidor. Ambos arrastran una cola tan, pero tan larga, que si la estiran bien podría pavimentar una carretera desde la capital del estado hasta la mismísima Patagonia. Con este envidiable nivel de "virtud" operando en el cabildo, la hermandad deja claro que, para obrar milagros políticos en la tierra, a veces se necesita tener línea directa con el averno. En el fondo, este místico y conmovedor llamado a la "unidad partidista" no es más que un acto de extorsión litúrgica de alto nivel. Al convocar a los creyentes de la base bajo el sagrado manto del diálogo, la secta jaureguista se erige como un muro pagano que se niega a ser destruido. El cisma ya ha sido declarado y la amenaza flota en el aire: o el Palacio de Gobierno se sienta a negociar los términos con los nuevos herejes, o se arriesgan a enfrentar el juicio final del 2027 con un templo partido desde sus propios cimientos. De ese tamaño sus delirios y Morena… ¡feliz gracias a los y las herejes!
LA SECTA