Por Jean Méndez.- Les comparto que paso por mi mente cuando
Leí con mucho interés la publicación de un medio local sobre aquel 19 de septiembre de 1985, cuando la salida de Óscar Ornelas sacudió políticamente a Chihuahua.
Y pensé: ahí donde termina esa historia, comienza una que para mí es profundamente personal.
Porque después de Ornelas vino Saúl González Herrera.
Mi abuelo.
Un hombre de partido, de convicciones, de grandes principios y de una mente política extraordinaria.
Antes de ser gobernador fue hombre de Universidad y de Derecho. Director de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chihuahua y posteriormente su rector. Participó activamente en la construcción del proyecto que dio origen a nuestra máxima casa de estudios.
Y dejó ahí una divisa que todavía hoy permanece:
“Conocer el derecho; servir a la justicia.”
Después vino 1985.
Recibió un Chihuahua convulsionado, una UACH en crisis, un PRI golpeado y un PAN que había adquirido una fuerza enorme. No le entregaron un gobierno cómodo; le entregaron una tormenta.
Y entonces llegó 1986. El Verano Caliente.
A veces pienso en aquella casa y en la protesta afuera.
Afuera estaba la confrontación política de todo un estado.
Adentro estaba mi abuelo.
Con toda la presión sobre sus hombros.
Y aun así, no se escondió. No se dobló. Gobernó, tomó decisiones y llevó al estado hasta aquella elección que marcaría para siempre la historia moderna de Chihuahua.
La elección de 1986 seguirá siendo motivo de debate. Pero para mí hay algo que permanece más allá de cualquier interpretación: mi abuelo estuvo ahí, firme, en el centro del huracán.
Después vendrían el Senado, responsabilidades nacionales y una larga trayectoria en el servicio público.
Pero hay algo que lo define todavía más: fue un hombre de partido. Priista de toda la vida. De aquel PRI que entendía la política como disciplina, organización, lealtad y vocación de servicio. Y permaneció fiel a sus convicciones hasta el final; de pie, hasta sus 91 años.
Quizá uno de sus mayores legados no está solo en los cargos que ocupó, sino en las personas que formó. Fue maestro de jóvenes que después se convirtieron en grandes profesionistas y servidores públicos. Sembró amistades, formó talentos y, cuando llegó al gobierno, tuvo la visión de incorporar a muchos de aquellos alumnos que habían pasado por sus aulas para darles la oportunidad de servir a Chihuahua.
Mencionar sus nombres sería omitir a muchos, porque formaron un gran equipo.
Y ahí residía otra de sus grandes virtudes: la grandeza para sumar voluntades, la visión para encauzar la genialidad de cada persona y la humildad para construir, codo a codo, un liderazgo de altura. Un liderazgo que no se medía por los títulos, sino por la integridad y el compromiso con los demás.
Hoy leo la historia de Ornelas y recuerdo lo que vino después.
Para Chihuahua fue una sucesión política.
Para mí, uno de los capítulos más intensos de la vida de mi abuelo.
Los gritos afuera.
La presión adentro.
Y él, de pie. Sin doblarse.
Al final, ¿qué mejor herencia que su historia?
Y qué maravilloso abuelo fue… Pero esa es otra historia, una que para mí es un verdadero privilegio contar.