Opinión

Coco

Miércoles 29 de Noviembre 2017, 2:55 pm
AAA

Por Luis Villegas Montes

Ajá, lo sé, no me pude sustraer y aquí me tienen, en el lugar común de los últimos días para cinéfilos y no cinéfilos.

Me repito —pero ni modo— si digo de otro panista, Ramón Galindo Noriega, que la única cosa inteligente que le oí decir alguna vez fue que más vale que fuéramos organizando una feria, un festival, un festejo, una muestra gastronómica, lo que fuera, para difundir aspectos de nuestra cultura antes de que los gringos vinieran a explotar ese filón; medio en serio medio en broma, decía él que los burritos de Villa Ahumada bien podían servir para dicho propósito y que era cosa de darse prisa antes de que, allende nuestras fronteras, no faltara quien, movido por el antojo o la querencia, organizara el evento y nos “robara” esa parte de nuestra cultura culinaria.

Con Coco nos pasó. Vinieron los gringos a contarnos a nosotros, los mexicanos, una historia entrañable basada en algunas de nuestras más hermosas tradiciones.

No le voy a decir de qué trata… bueno, sí le voy a decir, pero nomás tantito, porque no es cosa de que alguien me lea y se pare de pestañas porque se la eché a perder. “Coco” es el título de una película producida por Pixar y distribuida por Walt Disney Pictures; inspirada en el Día de Muertos; en ella, se narra la historia de un niño, Miguel, que quiere ser músico a como dé lugar; su ídolo es Ernesto de la Cruz, un popular compositor y cantante que ya murió; lo que le cuento transcurre en los primeros cinco o diez minutos y ni de chiste se acerca a la trama de la cinta; basta decir que la familia de Miguel tiene una larga y estricta tradición de repudio a la música que se remonta a cuando su tatarabuela fue abandonada por un músico; en su afán de cantar, Miguel empieza un periplo a lu ci nan te.

Me imagino que no ha de faltar quien tilde al filme, como en su momento ocurrió con Avatar, de vulgar, pedestre, incluso cursi;1 o que resulta “previsible del primer al último plano, y además se presta a disecciones de Perogrullo”;2 como en aquel caso, esa crítica en particular y yo somos como las paralelas: destinados a no converger.

Al igual que en Avatar, Coco carece de elementalidad dramática porque el bien vence al mal; porque cuenta una historia de amor en distintos planos, desde el amor “cursi” —y el amor, el magnífico amor, irremediablemente es, ha sido y seguirá siendo cursi hasta el fin de los tiempos— de los que se juntan porque se necesitan; hasta ese amor sin palabras de padres e hijos, que se alimenta de ternuras ínfimas, de gestos nimios, de regaños y lágrimas; porque la decencia, la integridad y el coraje pueden vencerlo todo (o por lo menos lo intentan hasta el último aliento); y porque “las verdades de Perogrullo” son así: llanas, simples, sencillas, elementales, carentes de sofisticación; pero indispensables para vincularnos unos a otros en esa trama magnífica que llamamos comunidad y halla su origen en esa maravillosa coincidencia que es “La Familia”.

En el clima de violencia, insensatez, odio, fanatismo y ceguera que nos acecha a diario, todos necesitamos un respiro; un hálito que venga a recordarnos las cosas que de verdad importan y que nada tienen que ver con lo que tenemos o dejamos de tener; sino de aquellas otras, más vitales e indispensables; ésas que hablan de afanes y de sueños; de luchas que no terminan y que vale la pena pelear porque nadie vendrá a librarlas por nosotros, primero; y segundo, porque no importa el resultado, saldremos fortalecidos; si no más grandes, ni más fuertes, ni más poderosos, por lo menos más dignos.

De eso habla Coco: De amor incondicional, de sueños, de valentía, de gratitud y de compromiso; Coco, por alguna razón, me recordó a Guillermo d’Orange y a Manuel Vázquez Montalbán. Decía el primero: “No es necesario esperar para emprender, ni lograr para perseverar”; y el segundo: “No hay verdades únicas, ni luchas finales, pero aún es posible orientarnos mediante las verdades posibles contra las no verdades evidentes y luchar contra ellas”.

No hay víctimas ni verdugos; cuando prevalecen la oscuridad, el abuso, la intemperancia o la estulticia, es porque hemos desoído la vocecilla de la consciencia que nos convoca a hacer algo; a no quedarnos con los brazos cruzados; a ir tras aquello que despunta detrás de nuestros anhelos; nuestros únicos enemigos, los auténticos, son la estupidez, la mediocridad o la cobardía. Coco nos lo dice al son de una música que no termina de cuajar, pero sirve para alertar el alma.

Vaya y véala, ándele, pero ya sabe: compre los refrescos afuerita porque allá adentro es un crimen de lesa humanidad.

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[1] Luciano Monteagudo, nota publicada el 1 de enero de 2010 con el título: “La corrección política más básica”, en el diario digital: pagina12.com.ar. Consultado el 6 de enero de 2010.

2 Luis Martínez, nota publicada el lunes 14 de diciembre de 2009, bajo el título: “James Cameron: ‘Me siento fuera de Hollywood’”, en el periódico El Mundo.

Reportero:  Editora Ar
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