Oaxaca en Chihuahua: Un pedazo de tradición que resiste a la modernidad
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Chihuahua.- Frente a la Penitenciaría vieja, la Plaza 5 de Febrero se transforma en un pequeño universo oaxaqueño. Los aromas del chile tostado, el chocolate recién hecho y el quesillo fundido flotan en el aire, mezclándose con el olor terroso de los escamoles. Cada paso por los 16 puestos de seis metros es un viaje: tortillas calientes que crujen al morder, chapulines que chisporrotean en comal, y moles que evocan los días de fiesta en las cocinas de Oaxaca.
“Cubriendo todo lo que es Oaxaca… todo, todo, todo lo que es Oaxaca, aquí está en Chihuahua”, dice Minerva mientras ofrece quesos y tortillas, con una sonrisa que parece resumir 14 años de esfuerzo y tradición. Su voz acompaña el bullicio de la plaza: niños que corren entre los puestos, el sonido metálico de los utensilios de cocina y el murmullo constante de quienes buscan probar un pedazo de tierra lejana.
Entre los artesanos, Pedro Ruiz, de Mitla, Oaxaca, llama la atención. Desde los 13 años ha trabajado en el telar de pedal y, a sus 22, sus manos y pies siguen el ritmo de siglos de tradición. Cada pedal, cada hilo, cada movimiento tiene un propósito: formar figuras, patrones que se convierten en rebozos, huipiles y chalecos. Mientras los hilos se entrelazan, se escucha casi un susurro de historia: rectas, diagonales, curvas que cuentan la memoria de su comunidad.
Pero esta tradición enfrenta desafíos. La competencia internacional, especialmente productos de China que imitan la artesanía mexicana, y la proliferación de eventos masivos en la ciudad afectan a los artesanos que dependen de la autenticidad de su trabajo. “Lo más lamentable es que lo hacen en la Plaza 5 de Febrero y en otras calles cercanas, y el que lo promueve mete de todo. Nosotros somos realmente artesanos y cada año participamos con esta pequeña exposición”, comenta otro expositor, mientras acomoda con cuidado sus piezas más delicadas.
Entre los colores vivos de los rebozos, el negro profundo del mole, el rojo quemado de los chapulines y el blanco cremoso del quesillo, cada puesto se convierte en un altar a la memoria de Oaxaca. Piden que la sociedad y las autoridades apoyen más la cultura y la artesanía, para que no se pierda la riqueza de los usos y costumbres que resisten el tiempo. Porque en cada hilo tejido, en cada escamol, en cada chile tostado y en cada pedazo de quesillo, se guarda la memoria de una tierra que, a pesar de la distancia, sigue viva en Chihuahua.
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