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Cuando el miedo se toca: una crónica de cáncer de mama

  • Por Miguel A. Ramírez-López

Por Miguel A. Ramírez-López

A los 38 años, Gaby C. creía que el cáncer era una palabra ajena, una sombra que sólo caía sobre los otros. Hasta que un día, al abrazar a alguien, sintió algo que no debía estar ahí: una presión apenas perceptible en el pecho izquierdo, una molestia que no dolía, pero que —como todo presagio— insistía.

Durante meses lo ignoró. «No me dolía, no la sentía cuando me bañaba, sólo al abrazar», recuerda. Hasta que un día, en el gimnasio, se acercó a un médico conocido y le confesó su sospecha.

—Doctor, creo que traigo una bolita.

—Mastografía —respondió él sin dudar.

Gaby se resistió. Todavía no cumplía los 40, nadie en su familia había tenido cáncer, no le parecía posible. Pero la insistencia del doctor la llevó, con miedo, a hacerse el estudio. Fue ahí, en la Clínica de Mama del IMSS, donde todo cambió.

Los trece disparos

El ambiente del consultorio tenía ese silencio previo a las malas noticias. Los radiólogos la movían, repetían tomas, acomodaban el cuerpo en ángulos distintos. Algo no estaba bien. «El doctor me dijo: “Traes una masa grande. Ven el viernes para una biopsia.” Fue la primera vez que se me cayó el mundo», cuenta.

La biopsia llegó como una escena que su cuerpo aún recuerda con precisión. Una aguja larga, trece disparos secos, el sonido de un artefacto de etiquetar ropa incrustándose en la carne. «Cada vez que sonaba me estremecía», dice. «Me dolía. Y el doctor decía: “Una más, para estar seguros”».

Esa tarde, Gaby tenía boletos para ver a Gloria Trevi. Salió del hospital, llegó a casa, intentó bañarse para ir al concierto. Pero el cuerpo habló primero: la gasa se desprendió, comenzó a sangrar. La enfermera que acudió de emergencia le hizo una curación y le prohibió moverse. Esa noche no hubo música, sólo miedo y un presentimiento que ya había tomado forma.

La palabra que taladra el alma

Quince días después la llamaron por teléfono. «Sus resultados están listos». Fue con su esposo. El papel decía resultado incierto. El médico la remitió al oncólogo.

El doctor, al leer el estudio, levantó la mirada:

—Gaby, para mí esto es cáncer.

Esa fue la primera vez que escuchó la palabra. «Es una palabra que no sólo te cae en la cabeza: te cae en el alma», dice. «Salí del consultorio llorando. Le dije a mi esposo: “Tengo cáncer”. Luego tuve que subirme al carro, recoger a mis hijos, seguir con la vida, pero ya no era la misma».

El diagnóstico fue cáncer de mama etapa cero, un tumor encapsulado. Tenía fecha de cirugía: 27 de diciembre. Pasó la Navidad con la mente ausente. «Pensaba que cada día era un día menos», confiesa. «Buscaba seguros para mis hijos, les hablaba como quien se despide sin decirlo».

La red que sostiene

El miedo no se fue solo. La acompañaron su madre, sus hermanos, sus hijos, su esposo, los amigos. «Mi mamá me cuidó como si fuera una niña», recuerda. «Me fajaba, me curaba el drenaje, me daba de comer. Sin ser enfermera, lo hizo todo».

Sus seis hermanos también estuvieron ahí. Tíos que oraban, amigos que donaron sangre, compañeros que la acompañaron a sus citas. «La gente dice “échale ganas” como si fuera fácil», dice Gaby. «Pero cuando ves que todos te miran con fe, no te queda más que hacerlo».

La cicatriz y el espejo

El tratamiento fue largo, pero no devastador. Quince sesiones de radioterapia. Terapias de movilidad para el brazo. Revisiones constantes. «Soy una persona muy bendecida», dice. «Mi cáncer era agresivo, pero lo agarramos a tiempo. La detección temprana me salvó la vida».

Hoy, a dos años del diagnóstico, Gaby vuelve a sonreír. Da testimonio en foros, frente a mujeres que la escuchan con el mismo miedo que ella sintió. Su mensaje es sencillo, pero vital: «Tóquense. Revísense. Cualquier cambio es una alerta. La detección temprana es vida. Si yo lo hubiera dejado pasar un poco más, quizás hoy no estaría aquí».

La suya es una experiencia de conciencia. De una mujer que aprendió que la vida puede cambiar por un gesto tan cotidiano como un abrazo.

«No es una historia bonita», dice. «Pero si una sola persona se revisa después de escucharme, entonces valió la pena».