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Cumple 80 años la Escuela de las Madres en Guadalupe y Calvo

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Cumple 80 años la Escuela de las Madres en Guadalupe y Calvo

Guadalupe y Calvo.- La siguiente reseña sobre la escuela que este 2 de mayo del 2026 ha cumplido 80 años desde su fundación en 1946, fue publicada en el Libro: Guadalupe y Calvo “A través del Tiempo”, del Autor Manuel Chávez Rodríguez. quien hoy se las comparte, ilustrada por este hermoso video del poblado y su emblemática “Escuela de las Madres” y/o “Escuela Particular” de donde egresé de la primaria en la generación 1965 -1971.

Las siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres llegaron no con pocas limitaciones, dificultades y carencias al Municipio de Guadalupe y Calvo, primeramente, a la comunidad indígena tarahumara de Chinatú, considerada tal vez la más representativa de aquella apartada región del municipio, en donde establecieron dos escuelas-internados, una para niños y otra para niñas indígenas.

Ludmila Sánchez, así como su hermano mayor Lidio y su señora madre Felícitas, motivados por la inquietud y la curiosidad de conocerlas y saber quiénes eran las religiosas que habían llegado, al parecer, se decía, procedentes de la ciudad de México o Guanajuato, se trasladaron a lomo de caballo desde Guadalupe y Calvo hasta Chinatú.

Cuando arribaron las Siervas del Sagrado Corazón a Chinatú, los padres jesuitas ya se habían establecido, incluso contaban con talleres de carpintería en donde enseñaban a los indígenas a trabajar la madera, que es el recurso natural más importante en aquella zona.

Muchos años atrás, en 1776 los jesuitas tenían ya presencia en las comunidades indígenas tepehuanas de Baborigame y Nabogame, por lo que respecta al Municipio de Guadalupe y Calvo.

Las hermanas Siervas, por su parte, llegaron a Chinatú entre los años de 1944 y 45, es decir 222 años más tarde de que lo hicieran los jesuitas a la región tepehuana del Municipio de Guadalupe y Calvo y un año después, es decir, el 2 de mayo de 1946, se estableció la congregación en la cabecera del referido municipio.

Al tener contacto Ludmila y su familia con las siervas se enteraron de que la congregación pretendía fomentar la educación, la moral y la religión entre la población indígena y marginada de la región, ya que formaban parte de una congregación religiosa con raíces en 1885 en León, Guanajuato, nacida del corazón sacerdotal de San José María de Yermo y Parres.

Así mismo, que en la congregación sus siervas consagran sus vidas a Cristo y a los pobres, mediante votos religiosos de pobreza, castidad y obediencia y su propósito era instalar un albergue donde los niños y niñas indígenas recibieran instrucción religiosa, educación, cuidados, alimentación y tuvieran un lugar digno donde vivir en tanto permanecieran en el internado.

Al poblado de Guadalupe y Calvo las primeras cinco religiosas que llegaron fueron Josefina María Herrera, originaria de Guadalajara, quien era la madre superiora, por cierto, que contaba con otras dos hermanas religiosas de la misma congregación, Teresa que estaba en Chinatú y María Guadalupe en Chihuahua. Por su parte, la hermana María del Socorro Marcial, era originaria de Monterrey y fue la primera directora de la escuela; Nieves, era originaria de Yucatán, Magdalena, quien habría de asumir la responsabilidad de preparar los alimentos de las hermanas e internas de la escuela no se recuerda su origen; por su parte, Gabriela Recio, era originaria de Jalisco y la más jovencita de las cinco, ya que contaba con cerca de 22 años de edad.

Al llegar a Guadalupe y Calvo y dado que no disponían aún de casa propia, se hospedaron durante varios meses en casa de Don Rafael Ochoa Andrade, una de las familias más representativas de la población, en donde en la actualidad es la casa de Doña Imelda Saavedra y Rosa Saavedra, en contra esquina de la plaza. Es precisamente en los portales y la sala de dicha casa en donde inician sus primeras clases.

Durante cerca de dos años impartieron clases en el mismo edificio de la “Escuela Loyola”, la escuela del “Sr. González,” como siempre se le ha conocido, hasta la fecha, a la escuela que fuera fundada en 1942 por el hermano jesuita Ignacio González Ochoa. De esta manera en el mismo edificio las hermanas siervas daban clases a las niñas y los jesuitas a los niños.

Después de atravesar por largas y complicadas negociaciones, carencias y limitaciones adquirieron aproximadamente en 1948 la casa de Tiburcio García, conocida como “La Palestina”, para lo cual la hermana Josefina y otra de las religiosas tuvieron previamente que trasladarse a diversas ciudades a fin de gestionar los cuantiosos recursos de los cuales carecían, ya que se asegura, según diversas fuentes consultadas, que el inmueble se adquirió en $15,000.00, de los de aquella época, obviamente.

La Palestina” era y sigue siendo hasta la fecha el inmueble que más retrata la bonanza de la actividad minera en la región de Guadalupe y Calvo, era el edificio más grande y suntuoso, mismo que constaba de dos plantas, la planta alta constituía propiamente las habitaciones de la familia; recámaras, cocina y sobre todo el imponente salón de baile, en el cual era costumbre celebrar eventos sociales y, particularmente, el baile oficial durante los festejos de las fiestas patrias.

En la planta baja, en la parte que da hacia el arroyo principal del pueblo, se encontraban ubicadas las caballerizas, ya que los García contaban con caballos muy finos en los que acostumbraban salir a dar el paseo por las estrechas y empedradas calles de la población, así como por las rancherías aledañas.

Como la escuela, anteriormente “La Palestina” era de dos plantas, contaba con dos grandes escaleras, una que era utilizada por las religiosas y el personal que laboraba en la institución y la otra por las niñas internas, pero lo que más llamaba la curiosidad de las alumnas y visitas era una escalera de caracol labrada de una madera preciosa que comunicaba del interior del inmueble, prácticamente a obscuras, a la segunda planta, y de ahí, a través de otra escalera más chica se podía subir al mirador.

Las internas, solamente de trampa y aprovechando un muy escaso y difícil descuido de las religiosas era como podían subir a “El Mirador”, el cual por sus cuatro lados tenía un atractivo barandal de fierro forjado y en la parte que daba hacia el interior del enorme patio se podía leer, y se lee aún en la actualidad, “Tiburcio García 1880”, lo que no deja lugar a dudas del año de la construcción del imponente inmueble, en la parte que da hacia sur se lee “La Palestina”.

Desde el mirador se podía disfrutar el pueblo con sus tradicionales calles empedradas; sus cerros guardianes, particularmente el de “La Bufa” y “La Periquera”; las dos emblemáticas torres de la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, de las cuales sólo subsiste una de ellas; los típicos tejabanes de tableta de las casas del pueblo; los desfiles de las fiestas patrias y demás eventos sociales, como aquéllos en que se observaba “La tambora” bajar desde los “Llanitos” acompañando a la reina al concluir el tradicional jaripeo.

En el lujoso salón de baile de “la Palestina,” los “García” celebraban elegantes y suntuosos bailes con la presencia de las familias más refinadas de la localidad, amenizados por la Orquesta de los “Hermanos Melchor” y las mejores “Bandas de Viento” llegadas desde el Estado de Sinaloa. No obstante, ello, las religiosas no dudaron en convertir el hermoso salón de bailes en la capilla de la congregación.

En la primera planta, unas enormes columnas de madera tallada descansaban sobe una base de piedra cuidadosamente labrada, enmarcando los amplios portales que se continuaban hasta la segunda planta.

Resaltaban los pasamanos torneados en madera de los elegantes barandales de los portales, así como el “machimbre” de madera en los salones y enormes pasillos de los portales, el cual arrodilladas las religiosas e internas enceraban y pulían, una y otra vez insistentemente, hasta mantenerlos siempre relucientes, era un enorme trabajo que parecía formar parte de la penitencia de aquellas abnegadas siervas de la caridad acompañadas siempre de sus inquietas internas.

Al adquirir “La Palestina” en el 48, las hermanas continúan con su remodelación, pero simultáneamente impartían en el inmueble clases a cerca de 200 alumnas, ya que para entonces contaban con los seis grados, de primero a sexto, con aproximadamente 30 ó 35 alumnas por grado, que concurrían de diversas regiones del estado, no sólo de la zona de Guadalupe y Calvo; había niñas de Atascaderos, San Ignacio de los Almazán, Ventanas, Dolores, Galeana, La Hacienda, Baborigame, Mesa de la Reforma, Nabogame, Santo Domingo y Toayana, entre otras localidades del municipio.

Al principio los padres de familia tenían conocimiento de la fundación de la Escuela de las Madres (Escuela Particular Incorporada Guadalupe y Calvo) por la convocatoria que realizaban los jesuitas, como los padres Eduardo Margaín, Gil Alonso, Jesús Quiroz y muy especialmente el hermano Ignacio González Ochoa.

Entre las primeras maestras de la Escuela de las Madres que no eran religiosas se encontraban Ludmila Sánchez, María de Jesús Carrillo, hermana de Toribio Carrillo, María Ochoa Herrera, Alicia de la Rocha y Ofelia Soto. La maestra Ludmila impartía el cuarto grado y además era la encargada de educación física, egresó de la Escuela de las Madres en 1948, siendo enviada por las siervas a la ciudad de Chihuahua a tomar una capacitación especial, trabajando en Guadalupe y Calvo durante 4 años con las religiosas.

Las religiosas agenciaban recursos para el sostenimiento de la escuela de algunas personas bienhechoras de Guadalajara, Chihuahua, Puebla y Estados Unidos, entre otros lados, por su parte, los padres de familia cooperaban de acuerdo a sus posibilidades económicas, algunos ayudaban más, otros menos, se contaba con una pequeñísima cuota de recuperación para cubrir la educación de sus hijas.

Existía una muy buena relación entre las religiosas y los misioneros jesuitas ya que las siervas llegaron con el propósito de apoyar a los sacerdotes en su misión educativa y evangelizadora. El Sr. González llevó a Guadalupe y Calvo las tradicionales posadas, las cuales constituían una novedad en el pueblo, los niños y niñas asistían con curiosidad y gusto, cargaban en parihuela a la Virgen María y a Señor San José, pidiendo posada con el típico canto: En… el nombre del cielo... os… pido posada..., hasta llegar al templo del pueblo.

Al concluir la posada, todos, niños y niñas se trasladaban a la “Escuela Loyola” en donde quebraban las también novedosas piñatas, que se hacían de ollas de barro, mismas que con anterioridad se utilizaban para fermentar el tesgüino, típica bebida tarahumara, así como para refrescar el agua en las casas; las ollas se confeccionaban o decoraban con vistosos colores de papel de china y se rellenaban de cacahuates, naranjas, guayabas, manzanas y demás frutas de la región.

Por su parte, las religiosas establecieron el día 25 de diciembre de cada año las tradicionales kermeses en la “Escuela de las Madres”, a las cuales también los niños y niñas concurrían entusiasmados ya que, durante el año, al acudir a la catequesis o doctrina, recibían unos boletitos que el día de la kermes podían cambiar por ropita, zapatos, juguetes o cualesquier otro artículo de su agrado. Las prendas que sobraban se repartían entre los niños que tenían más carencias. La ropa se recibía en muy buenas condiciones, principalmente de los Estados Unidos, era generalmente nueva, aunque también había seminueva.

A la escuela se concurría sin uniforme, pero era de admirarse el colorido y elegancia de los uniformes que las alumnas de la institución portaban con gallardía en los desfiles y eventos cívicos. Los desfiles se organizaban por parte del “Sr González” por lo que respecta a la “Escuela Loyola” y por parte de la maestra Ludmila en lo que concierne a la “Escuela Particular”, la “Escuela de las Madres”.

Uno de los uniformes que era precioso consistía en una falda blanca tableada, acompañada de un saquito estilo militar con botones dorados y una boina; los uniformes eran confeccionados generalmente por las familias de las propias internas y en algunos casos por las excelentes costureras del pueblo, como Eva Ruiz.

Las religiosas acudían los sábados a “La Hacienda” a impartir el catecismo, un grupo de voluntarias lo hacían en la iglesia y otro más, que vivían en la parte de arriba del pueblo, lo hacían en el “Tempo del Santo Niño”. Era precisamente en esta doctrina en donde los niños y las niñas que concurrían puntualmente se hacían acreedores a los boletitos que canjeaban el 25 de diciembre en la kermes de la “Escuela de las Madres”.

A 67 años de su fundación (1946-2013), la “Escuela de las Madres” y particularmente la Congregación mantiene una importante presencia en 19 entidades del país. En el Estado de Chihuahua se ubican fundamentalmente en localidades de la sierra tarahumara como en Carichi, Cerocahui, Creel, Madera, Matachi, Nonoava, Norogachi, Sisiguichi, Guadalupe y Calvo, Chinatu y la Cd. de Chihuahua.

El último año en Guadalupe y Calvo la maestra Ludmila colaboró en la Escuela del “Sr. González” en donde tuvo como alumnos, entre otros, a Baltazar Bejarano Bujanda, Cesáreo Loya, Juan Chávez Villalobos, Nicolás Tarín Rodríguez, Oscar Aguirre y José Andrés Corral Arredondo, quien por cierto fuera años después obispo de Parral.

Con motivo del cincuenta aniversario de la fundación de la Escuela Primaria Incorporada Guadalupe y Calvo (1946-1996) a partir del 1 de mayo de 1996 se organizaron las festividades respectivas con varias actividades dedicadas a los exalumnos del plantel, el día 2 se realizó una misa solemne presidida por el Sr. Obispo José Andrés Corral (exalumno) y posteriormente se efectuó un festival literario musical en el que participó el ballet folklórico de la UACH.

El Profr. Baltazar Bejarano Bujanda, exalumno y exmaestro de la institución compuso la letra y música del presente himno dedicado a la escuela, mismo que por cierto tuve la oportunidad de recuperar de su archivo personal en Ciudad Juárez con motivo de su lamentable fallecimiento ocurrido el día 29 de diciembre del 2012.

De esta noble institución en Guadalupe y Calvo egresaron una enorme cantidad de alumnos y alumnas que ahora son exitosos profesionistas y sobre todo familias de bien. Quien esto escribe, es egresado de la generación 1965-1971.

Con este modesto trabajo rindo tributo y agradecimiento a su loable labor en la sierra de Chihuahua a favor de las personas más humildes, particularmente la población indígena.

Guadalupe y Calvo,

“La Cabaña”,

Manuel Chávez R. "Manolo"