Opinión

Ideario Común 

Viernes 3 de Marzo 2017, 7:19 am
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Por Víctor Luján

¿Cuándo fue la última vez que ganamos una guerra?

Una paladina involución de la agenda de seguridad internacional subyace en las palabras que el presidente de Estados Unidos expresó en la Conferencia Anual de Acción Política Conservadora apenas el viernes pasado: …creo en la paz a través de la fuerza”; fue parte del discurso pronunciado ante un grupúsculo de norteamericanos conservadores -en su mayoría jóvenes- que se tornaban eufóricos al tiempo que su líder político exacerbaba el ultranacionalismo anacrónico que pensábamos había sido derrumbado al mismo tiempo que otro muro, el de Berlín.

No es extraño entonces que, siendo un país que ha guiado su estrategia de seguridad bajo el paradigma realista (utilizando la amenaza de la fuerza militar como instrumento por excelencia de su política exterior para la protección de los intereses nacionales) la potencia número uno del planeta, propulsora de la ONU después de la Segunda Guerra Mundial y triunfadora de la polarización ideológica y geopolítica hace casi 28 años; haya manejado durante muchos años un doble discurso frente al mundo fortaleciendo su dominio político, persuadiendo con su monopolio nuclear y sus políticas de dominación global, incluso utilizando -o sin ellos- a los Organismos Internacionales, que echando una mirada al pasado reciente, costaron muchas vidas y causaron heridas que aún no terminan de cicatrizar en el colectivo internacional.

Sin embargo, es preocupante sobremanera que ante las constantes manifestaciones de Donald Trump sobre la existencia de enemigos externos que impiden que su país “vuelva a ser grande otra vez”, el concepto tradicional de la guerra (entre ejércitos) se coloque nuevamente en la palestra internacional, y el Estado-Nación, con más poderío bélico del orbe, intente nuevamente reposicionarlo como un bien público, como el único medio para preservar y fortalecer su supremacía, característica propia de las alianzas ideológicas de inicios del siglo XX. “¿Cuánto hace que no ganamos una guerra?” cuestionó el presidente y justo unos días después pide al congreso un aumento por 54 mil millones de dólares en gasto para defensa.

Desde el fin de la Guerra Fría y la conclusión de la tensión entre nuestros vecinos y los rusos, el concepto de seguridad ha evolucionado constantemente. La problemática global ha dejado de ser la defensa militar de la soberanía y el territorio de los países, ahora las amenazas y los conflictos son transnacionales y asimétricos: crimen organizado, tráfico de armas, terrorismo, pobreza, flujos de refugiados, disputa por los recursos naturales (agua, petróleo y gas), deudas exorbitantes de las naciones pobres y en desarrollo. Por mencionar varios ejemplos, según la ONU, más de mil millones de personas sobreviven con menos de 1 dólar al día; en esta era de la tecnología y las telecomunicaciones, aunque parezca inverosímil, la mitad de la población mundial no ha recibido nunca una llamada telefónica; sin ahondar en las muertes que generan epidemias, la hambruna, la escasez de agua o los conflictos internos.

Por esta razón, resulta por demás inoperante e incoherente que Estados Unidos –o al menos el titular de aquella Administración- pretenda demoler el esquema incipiente (que ha costado tanto construir) de interdependencia y solidaridad, donde la negociación, responsabilidad y cooperación internacionales son el catalizador de iniciativas políticas en apoyo de los Estados más vulnerables, y donde también las Organizaciones Internacionales y No Gubernamentales sirven como contrapeso a las tentaciones hegemónicas de dominación y de rancio unilateralismo que tanto dolor ha infringido a la humanidad a lo largo de la historia.

En la actualidad los Estados-Nación no son, ni deben ser, por ningún motivo los únicos actores en los temas complejos, dinámicos y globales que las nuevas amenazas no militares presentan al concierto de las naciones, la seguridad tradicional ha evolucionado hacia una Seguridad Humana, un marco internacional de actuación que requiere de todos, un concepto holístico que ubica al ser humano y sus derechos elementales en el centro de las decisiones y del derecho convencional.

En este escenario tentativo de militarización por parte de Washington, es inexorable la aparición de bloques a favor o en contra de la industria de la guerra, lo que se configurará como la prueba del ácido para Naciones Unidas, su Consejo de Seguridad y el idealismo de las relaciones internacionales.

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